Frases célebres de François De La Rochefoucauld

05/03/2018

A los viejos les gusta dar buenos consejos, para consolarse de no poder dar malos ejemplos.

A menudo se hace ostentación de las pasiones, aunque sean las más criminales, pero la envidia es una pasión cobarde y vergonzosa, que nadie se atreve nunca a admitir.
Al orgullo no le gusta deber, y al amor propio no le gusta pagar.
Amamos siempre a los que nos admiran, pero no siempre a los que admiramos.
Aquellos a quienes se condena al suplicio manifiestan a veces una fortaleza y un desprecio a la muerte que en realidad no es más que el temor a mirarla cara a cara, de modo que puede decirse que esa fortaleza y ese desprecio son para su ánimo lo que la venda es a sus ojos.
Aunque los hombres se jacten de sus grandes acciones, muchas veces no son el resultado de un gran designio, sino puro efecto del azar.
Carecemos de fuerza suficiente para seguir toda nuestra razón.
Como pretendes que otro guarde tu secreto si tú mismo, al confiárselo, no los has sabido guardar.
Con frecuencia el hombre cree estar conduciéndose a sí mismo cuando es conducido, y mientras con su mente tiende a una meta, su corazón le arrastra insensiblemente hacia otra.
Confesamos nuestros pequeños defectos para persuadirnos de que no tenemos otros mayores.
Nuestro amor propio sufre con mayor impaciencia la condenación de nuestras aficiones que la de nuestras pasiones.
Nunca el hombre es tan ridículo por las cualidades que tiene, como por aquellas que cree tener.
Nunca otra cosa damos con tanta liberalidad como nuestros consejos.
Nunca se tiene la libertad de amar o de dejar de amar.
Nunca somos tan felices ni tan infelices como pensamos.
Para hacerse una posición en el mundo, es preciso hacer todo lo posible para hacer creer que ya se tiene.
Para tener éxito debemos hacer todo lo posible por parecer exitosos.
Parece como si la naturaleza, que tan sabiamente dispuso los órganos de nuestro cuerpo para hacernos felices, hubiera querido darnos también el orgullo para evitarnos el dolor de conocer nuestras imperfecciones.
Perdonamos cuanto amamos.
Perdonamos fácilmente a nuestros amigos los defectos en que nada nos afectan.
Si no tuviéramos orgullo no nos quejaríamos del de los demás.
Si quieres tener enemigos, supera a tus amigos, si quieres tener amigos, deja que tus amigos te superen.
Si tuviésemos suficiente voluntad casi siempre tendríamos medios suficientes.
Solemos perdonar a los que nos aburren, pero no perdonamos a los que aburrimos.
Tenemos más fuerza que voluntad, y a menudo para disculparnos a nosotros mismos suponemos que las cosas son imposibles.
Todo el mundo se queja de no tener memoria y nadie se queja de no tener criterio.
Todos poseemos suficiente fortaleza para soportar la desdicha ajena.
Todos tenemos fortaleza suficiente para soportar los males ajenos.
Tres clases hay de ignorancia: no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe, y saber lo que no debiera saberse.
Conocer las cosas que lo hacen a uno desgraciado, ya es una especie de felicidad.
Cuando los grandes hombres se dejan abatir por la duración de sus infortunios, demuestran que sólo los soportaban por la fuerza de su ambición, y no por la de su ánimo, y que, sin más diferencia que una gran vanidad, los héroes son iguales que los demás hombres.
Cuando no se encuentra descanso en uno mismo, es inútil buscarlo en otra parte.
Cuando nuestro odio es demasiado profundo, nos coloca por debajo de aquellos a quienes odiamos.
Cuanto más se ama a un amante, más cerca se está de odiarle.
El amor propio es más ingenioso que el hombre más ingenioso de este mundo.
El capricho de nuestro humor es aún más arbitrario que el de la suerte.
El deseo de parecer listo impide el llegar a serlo.
El interés habla toda suerte de lenguas y representa toda suerte de personajes, incluso el del desinteresado.
El interés, que ciega a unos, ilumina a otros.
En cierto modo los celos son algo justo y razonable, puesto que tienden a conservar un bien que nos pertenece o que creemos que nos pertenece, mientras que la envidia es un furor que no puede tolerar el bien de los demás.
En los celos hay más amor propio que amor.
Es más fácil conocer al hombre en general que a un hombre en particular.
Es más necesario estudiar a los hombres que a los libros.
Es muy difícil que dos que ya no se aman, riñan de verdad.
Es necesario tener tanta discreción para dar consejos como docilidad para recibirlos.
Es una prueba de poca amistad no darse cuenta del retraimiento de la de nuestros amigos.
Esa clemencia, de la que se hace una virtud, a veces se practica por vanidad, otras por pereza, a menudo por miedo, y casi siempre por esas tres razones juntas.
Esas acciones grandiosas y espléndidas que deslumbran, según los políticos son efecto de grandes designios, pero por lo común tan solo son efecto del talante y de las pasiones. Así, la guerra de augusto con antonio, que se atribuye a la ambición de ambos por llegar a ser dueños del mundo, tal vez no fue más que una consecuencia de la envidia.
Establecemos reglas para los demás y excepciones para nosotros.
La pasión a menudo convierte en loco al más sensato de los hombres, y a menudo también hace sensatos a los más locos.
La vejez es un tirano que prohíbe, bajo pena de muerte, todos los placeres de la juventud.
La verdad no hace tanto bien en el mundo como el daño que hacen sus apariencias.
La verdadera elocuencia consiste en no decir más de lo que es preciso.
Las pasiones contienen una injusticia y un interés propio que hace que sea peligroso seguirlas, y que convenga desconfiar de ellas, incluso cuando parecen muy razonables.
Las pasiones engendran a menudo otras que son sus contrarias: la avaricia produce a veces la prodigalidad, y la prodigalidad la avaricia, a menudo somos firmes por ser débiles, y audaces por cobardía.
Las pasiones son los únicos oradores que siempre persuaden. Son como un arte de la naturaleza cuyas reglas son infalibles, y el hombre más romo cuando le domina la pasión persuade mejor que el más elocuente que carece de ella.
Las personas afortunadas se corrigen poco: Creen tener siempre razón mientras la fortuna sostiene su mala conducta.
Lo que hace que la mayoría de las mujeres sean tan poco sensibles a la amistad es que la encuentran insípida luego de haber probado el gusto del amor.
Lo que hace que los amantes no se aburran nunca de estar juntos es que se pasan el tiempo hablando siempre de sí mismos.
Lo que tomamos por virtudes a menudo no es más que un compuesto de diversas acciones y diversos intereses que el azar o nuestro ingenio consiguen armonizar, y no es siempre el valor y la castidad lo que hace que los hombres sean valientes y que las mujeres sean castas.
Los apellidos famosos, en lugar de enaltecer, rebajan a quienes no saben llevarlos.
Los celos se alimentan de dudas, y se convierten en furor o se extinguen apenas pasamos de la duda a la certidumbre.
Los celos se alimentan de dudas.
Los celos son el mayor de los males, y el que menos mueve a compasión a la persona que los causa.
Los espíritus mediocres suelen condenar todo aquello que está fuera de su alcance.
Los que ponen demasiado empeño en las cosas pequeñas, por lo común se hacen incapaces de hacer las grandes.
Más traiciones se cometen por debilidad que por un propósito firme de hacer traición.
Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de hito en hito.
Ni el sol, ni la muerte pueden mirarse fijamente.
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